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Classical music and opera by Classissima

Martha Argerich

Sunday, August 20, 2017


My Classical Notes

August 1

August DVD of the Month: Martha Argerich

My Classical NotesJS Bach Piano Concertos: Martha Argerich and friends The tracks on this recording are as follows: Improvisations I, performed by Gabriela Montero (piano) Improvisations II, performed by Gabriela Montero (piano) Bach, J S: Keyboard Concerto No. 3 in D major, BWV1054 Lilya Zilberstein (piano) Keyboard Concerto No. 4 in A major, BWV1055 Nelson Goerner (piano) Keyboard Concerto No. 5 in F minor, BWV1056 Stephen Kovacevich (piano) Keyboard Concerto No. 7 in G minor, BWV1058 Dong-Hyek Lim (piano) Concerto for Two Keyboards in C major, BWV1061 Dong-Hyek Lim & Frank Braley (pianos) Concerto for Two Keyboards in C minor, BWV1062 Khatia Buniatishvili, Gvantsa Buniatishvili (pianos) Concerto for Three Keyboards in D minor, BWV1063 Frank Braley, Michel Dalberto & David Kadouch (pianos) Concerto for Three Keyboards in C major, BWV1064 Dong-Hyek Lim, Mauricio Vallina & Akane Sakai (pianos) Concerto for Four Keyboards in A minor (after Vivaldi), BWV1065 Martha Argerich, Lilya Zilberstein, Mauricio Vallina & Dong-Hyek Lim (pianos) Concerto for Four Keyboards in A minor (after Vivaldi), BWV1065 Martha Argerich, Nicholas Angelich, Akane Sakai & Nelson Goerner (pianos) All selections are supported by the Orchestre de Chambre de Lausanne The great Martha Argerich and the Chamber Orchestra of Lausanne leads a team of amazing pianists from all around the world. These major figures and young soloists at the edge of a promising career are gathered to glorify Bach. These piano concertos are ideal for many combinations: one, two, three or even four pianists. This brilliant formation includes amongst others Nicholas Angelich and Frank Braley, the gifted Michel Dalberto and Nelson Goerner, the classic master Kovacevich, the great Russian pianist Lilya Zilberstein, the South Korean Dong-Hyek Lim as well as the talented David Kadouch. Here are Martha Argerich and her friends in music by Johann Sebastian Bach:

Tribuna musical

August 16

El debut del gran tenor Javier Camarena en el Colón

            No sólo Barenboim, Argerich y la WEDO ilustraron las últimas semanas  en el Colón: el 27 de Julio debutó el gran tenor mexicano Javier Camarena  acompañado por la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires dirigida por Arturo Diemecke, un compatriota que entre 1984 y 1990 fue Director Artístico de la Ópera de Bellas artes de México. El trabajo de Diemecke aquí, como bien se sabe, ha sido esencialmente sinfónico, salvo "Werther", pero tiene experiencia operística y lo demostró acompañando con eficacia al tenor con una orquesta que no hace ópera pero que supo adaptarse.             También es bien conocido que el paso de Darío Lopérfido fue polémico, pero al lado de manifiestos errores tuvo algunas buenas ideas, y entre ellas sin duda está la de traer grandes cantantes a dar recitales, ya sea con piano (Jonas Kaufmann) o con orquesta (Diana Damrau y su marido Nicolas Testé, y ahora Camarena). Es un reconocimiento tácito en cuanto a que el Colón no está en condiciones de armar un gran reparto en ópera por esenciales fallas estructurales: ante todo, una Ley de Autarquía limitativa que impide contratar a varios años de distancia, y sólo así puede concretarse un reparto de grandes figuras. Y nadie mueve un dedo para cambiarla.  Pero también presupuestos que sólo se conocen poco tiempo antes de fin de año, cuando se supone que un director artístico para entonces debe tener todo listo para el año siguiente, y al menos previsto qué hará a dos y tres años de distancia. Además del triste hecho de los repentinos cambios que obligan a cortar un determinado porcentaje de lo ya contratado porque fallaron los cálculos de Hacienda, y de la lamentable práctica de los precontratos.             No tendremos la calidad de ópera que quisiéramos tener, pero al menos apreciamos a notables artistas en parte de su repertorio, ya que vienen por pocos días, ensayan, dan su concierto y se van, no deben quedarse casi un mes. Pueden tener un hueco disponible en sus agendas –a veces sacrificando parte de sus vacaciones- porque el edificio del Colón es prestigioso, pese a que sus temporadas no lo son, y porque se sabe que alguna vez hubo un Colón que podía competir con los mejores. Que su público es muy cálido y la acústica, sobresaliente.             Por eso vino Camarena y logró un éxito extraordinario; si bien está acostumbrado a tenerlos, no dudo de que se fue de aquí contento, porque pudo hacer el programa que él quería y en buenas condiciones. Sí, el Abono Verde es carísimo y puede discutirse si correspondían tales precios para Tiempo/Karabtchevsky, y  dudarse que una muy otoñal Jessye Norman los vaya a justificar, pero al menos en el caso de Camarena si el costo fue alto  el resultado también.             Se lo llama tenor lírico ligero y lo creo erróneo; no es del tipo vocal de Alva, Valletti o Schipa, sino del de Gianni Raimondi, Kraus y Gedda, artistas de amplia voz y registro que llega a los superagudos y que tienen coloratura. En la actualidad hay dos tenores con los que vale la pena compararlo: Juan Diego Flórez y John Osborn; al primero lo pudimos ver en plenitud años atrás gracias al Mozarteum; Osborn, admirable rossiniano, no ha venido. Camarena demostró que tiene gran dominio de la coloratura en este programa, pero me pregunto si en roles muy extensos como el tenor en la "Semiramide" de Rossini, con centenares de frases con coloratura, Camarena podría resolverlos.             Lo que hizo en este programa fue demostrar que su repertorio ya es grande y lo será aún más. Tras la Obertura de "Romeo y Julieta" de Gounod, sin su pasaje coral, se saltó al recitativo "L´amour" seguido del aria "Ah! Lève-toi, soleil", y muchas cosas quedaron claras: que el tenor tiene excelente francés; que su timbre es poderoso; que sabe expresar distintas emociones;  que su fraseo es muy musical; y que sus agudos son firmes y expansivos. La belleza de un timbre es quizá lo más discutible entre melómanos y personalmente el de Camarena no me parece estar entre los más atrayentes, pero tiene tantas cualidades compensatorias que la balanza queda muy inclinada hacia lo alto.             Tengo un cariño especial por la difícil aria "Je crois entendre encore" de "Les pêcheurs de perles" de Bizet, ya que cuando estuve en La Plata como Director General en 1992 convencí al Director Artístico Antonio Russo que valía la pena estrenar la versión en francés de esta atrayente ópera de Bizet, que sólo se escuchó una vez en el Colón y en italiano, allá por 1913; y tanto le gustó a Russo que años después la dio a conocer en Buenos Aires para Juventus Lyrica. El aria tiene un lirismo refinado y requiere de un dominio del canto en dos factores: el "fiato" (la respiración) para mantener la continuidad de largas líneas melódicas; y el "piano" (suave) en una tesitura que está siempre en el registro agudo. Camarena demostró tener estas cualidades, como las tenía Alain Vanzo, a quien escuché en su rol de Nadir en la Opéra-Comique décadas atrás.             Y entramos al bel canto. Tras una anodina interpretación de la Obertura de "Il Barbiere di Siviglia" de Rossini, "Sì, ritrovarla io giuro", de "La Cenerentola" (qué lástima que no fue la obertura de esa ópera la elegida), fue una rotunda demostración de los talentos de Camarena en este repertorio. Es una curiosa aria ya que tiene tres "tempi" (velocidades) y en escena se complementa con intercalaciones corales (aquí omitidas); el tenor supo articular el italiano de modo que se comprendiese cada sílaba, resolvió la coloratura admirablemente, demostró sentido del humor y coronó el aria con un espléndido agudo.             Y luego, en francés, el célebre "Ah! Mes amis" seguido de "Pour mon âme » que hizo famoso Pavarotti en su gran versión de "La Fille du Régiment" (Donizetti) con Sutherland. Sus tan peligrosos repetidos Do agudos fueron producidos por Camarena con toda libertad y supo dar dinamismo y gracia al fragmento como si estuviera actuando en escena.             Más Donizetti iniciando la Segunda Parte. Demostrando que no es un "lirico leggiero", cantó una expresiva y estilística versión de una escena de una ópera que todavía no cantó (y fue especialidad de Kraus, como pudimos comprobar para placer nuestro en 1972): de "Lucia di Lammermoor", "Tombe degli avi miei…Fra poco a me ricovero". Y luego, sí "leggiero", demostrando su versatilidad, "Povero Ernesto…Cercherò lontana terra", de "Don Pasquale", dando su exacto carácter a la tristeza de Ernesto que cree perder a Norina, en frases que uno siempre asocia a Schipa (la anunciada Obertura fue eliminada).              El grupo Verdi no empezó bien, porque la magnífica Obertura de "La Forza del destino" no fue adecuadamente calibrada por Diemecke, con tiempos muy retenidos en varios momentos y carencia de garra en otros (¡oh recuerdos de Mehta, Previtali y Mitropoulos!). Otra ópera que aún no hizo Camarena, "La Traviata", nos permitió escuchar una muy buena versión de "Lunge da lei…De´ miei bollenti spiriti", pero en el único error estético del programa elegido por el tenor, añadió la "cabaletta" del final del acto, "O rimorso" (no anunciada), que se escucha como 20 minutos después en la ópera y contradice por completo la tierna expresión del aria; ¿la habrá añadido para lucir nuevamente su poderoso agudo?             Y finalmente, por supuesto notable, "La donna è mobile" de "Rigoletto", aunque no tan perfecta como al menos yo esperaba.             Las ovaciones no terminaban más, pero al parecer tanto el tenor como Diemecke lo dieron por descontado, ya que hubo tres piezas extra, y en las tres se salió de la ópera para darnos canciones. No es esto lo que me molestó, sino los dulzones y similares arreglos de Dimitri Dudini. Era lógico empezar por algo mejicano, y María Grever tiene muy lindas canciones, pero "Alma mía" no me parece de las mejores; hubiera preferido "Muñequita linda". Además del dulce, Dudini puso fanfarrias en la célebre "Granada" de Agustín Lara, que tuvo una espectacular versión por parte de Camarena, demostrando tras todo un recital un "fiato" interminable y toda la potencia en los agudos. Para quedar bien con Argentina, "El día que me quieras", ese tango-canción de Gardel tan trillado y de la cual hubo tantas buenas versiones, pero no la de Dudini, que le quitó todo ritmo, y allí Camarena sólo cumplió.             Pero poco le hizo al total: fue una gran noche de canto. No está de más mencionar que Camarena habló al público varias veces con fácil comunicación. Pablo Bardin




Norman Lebrecht - Slipped disc

August 15

Charles Dutoit strikes gold

The Swiss conductor will be awarded the Royal Philharmonic Society’s gold medal at the BBC Proms this week. press release: One of classical music’s highest honours, the Royal Philharmonic Society Gold Medal, has been awarded to the Swiss conductor Charles Dutoit. He becomes the 103rd recipient since the medal was founded in 1870 in celebration of the centenary of the birth of Beethoven (London’s Philharmonic Society commissioned Beethoven’s Ninth Symphony and enjoyed a close association with the composer). The medal will be presented to Charles Dutoit at the BBC Proms, on Thursday 17 August as part of a concert at the Royal Albert Hall (and live on BBC Radio 3) by the Royal Philharmonic Orchestra.* Charles Dutoit is Artistic Director and Principal Conductor of the Royal Philharmonic Orchestra, and conducts a programme that includes Saint-Saën’s 3rd Symphony, commissioned by the Philharmonic Society in 1886. Current RPS Gold Medallists include Martha Argerich, Janet Baker, Daniel Barenboim, Alfred Brendel, Placido Domingo, Bernard Haitink, György Kurtag, Antonio Pappano, Thomas Quasthoff, Simon Rattle, András Schiff, John Tomlinson and Mitsuko Uchida. Distinguished conductors previously awarded the RPS Gold Medal include: Thomas Beecham; Bruno Walter; Arturo Toscanini; Felix Weingartner; Adrian Boult; John Barbirolli; Herbert von Karajan; Leonard Bernstein; Georg Solti; Colin Davis; Pierre Boulez; Claudio Abbado; Charles Mackerras and Nikolaus Harnoncourt.

Tribuna musical

August 14

Festival Barenboim: Segunda Parte

El tercer concierto del Festival presentó al Trío formado por Daniel Barenboim (piano), Michael Barenboim (violín) y Kian Soltani (cello) en tres tríos de Beethoven: N1, Op.1 Nº1; Nº4, Op.70 Nº 1. "de los Espíritus" ("Geister"); y Nº6, Op. 97, "Archiduque". El programa de mano tuvo curiosos errores: a) no aclaró si había intervalo (no marcaba Primera y Segunda Parte), pero por supuesto lo hubo; b) no es un error pero no tiene sentido poner en el título Músicos de la WEDO; c) No hubo comentarios sobre las obras; d) el sobrenombre alemán del Nº4 es "Geister", "espíritus" o "de los espíritus", no "Geist" ("Espíritu"), como figuraba; e) y conviene ponerle número a los tríos.               Daniel Barenboim especificó en la conferencia de prensa que habían decidido que este trío sea estable. Y esto lleva a un viejo problema de los tríos para piano y cuerdas, y es que el pianista casi siempre queda como "primus inter pares", como ciertamente ocurrió con los famosos tríos Beaux Arts (Menahem Pressler) o de Trieste (Dario de Rosa). Sin embargo, hubo tríos con integrantes parejos y admirables: Cortot-Thibaud-Casals; Rubinstein-Heifetz-Feuermann; Istomin-Stern-Rose. Para que ello ocurra se necesita que los ejecutantes de cuerda tengan un sonido amplio y poderoso y una fuerte personalidad para poder equipararse con el mayor volumen del piano, sobre todo si es un artista de la envergadura de Daniel Barenboim. Y aquí esto no ocurre. El problema se nota menos en Soltani, un profesional de muy buen nivel, con grato timbre y fraseo musical, pero que en los pasajes forte o fortissimo quedó dominado por el piano. Pero Michael Barenboim, siendo correcto y de buen gusto, no tiene la presencia requerida para tomar el mando cuando la música lo requiere ni la intensidad para aquellos momentos donde Beethoven exige mucho.  Y sin embargo, el total fue mejor que la suma de las partes, porque las interpretaciones estuvieron claramente dominadas por las ideas del pianista, consumado beethoveniano como bien lo hemos experimentado aquí. Foto: facebook.com/PorSiempreColoneros             Daniel Barenboim dijo algo más en la conferencia de prensa: que iban a ejecutar la integral de Beethoven en Europa, y allí harían algo que me parece audaz: combinarlos con tríos de contemporáneos.  Y los mencionó: Borovsky, Alexander Goehr, Aribert Reimann.             El Op.1 Nº1 no es el mejor de de los tres de ese opus, escritos entre 1793 y 1795, ya en la etapa vienesa de Beethoven. Pero el compositor ya en sus muy tempranos tres cuartetos para piano y cuerdas de 1785 cuando vivía en Bonn (se discute si éstos o los dos de Mozart son los primeros escritos en la historia para esa combinación) había mostrado gérmenes de su particular estilo, y en el ínterin hubo varias otras piezas de cámara sin número de opus, incluso un Trío para piano y cuerdas, un duo y un octeto. De modo que vale la pena escuchar ese Op.1 Nº1 por sus propios valores, ya considerables, y en una versión que tuvo el necesario transparente clasicismo.             Por supuesto, hay una enorme diferencia con el Op.70 Nº1 de 1808, en pleno período intermedio marcado por obras como los cuartetos Rasumovsky o la Quinta sinfonía;  es una obra maestra en la que un extenso movimiento lento lleno de sombras y misterio (los espíritus) es encuadrado por dos rápidos de inmensa vitalidad. Estuvo en el pianista toda la garra requerida en los dos extremos y la sutileza tímbrica para el intermedio; intentaron seguirlo con buen pero no óptimo resultado los instrumentistas de cuerda.             Y naturalmente, el extenso Trío Nº6, "Archiduque", es la culminación de la escritura beethoveniana en este equilibrio de instrumentos opuestos. Algo posterior (1811), y precedido por los cuartetos Nos.10 y 11, la maestría es total. El fraseo del pianista fue desde el principio el que debía ser, con ortodoxia bien entendida, firme estructura, matices exactos y articulación límpida. Sus compañeros fueron muy aplicados pero fue demasiado claro quién mandaba.             Y esta vez Daniel Barenboim tenía las obras bien en dedos, sin las vacilaciones que hubo cuando tocó el Trío de Tchaikovsky tiempo atrás. Es que incluso un gran maestro como él no debe confiarse demasiado, el trabajo es siempre necesario.             No hubo pieza agregada y estoy de acuerdo: fue un programa extenso y arduo. No me molestó que bajara la tapa del piano tras saludar al público durante varios minutos.                                                CUARTO CONCIERTO             El último programa reunió dos partituras extraordinarias escritas con pocos años de diferencia: "Don Quijote" de Richard Strauss (1897) y la Quinta sinfonía de Tchaikovsky (1888). Las dos están entre las obras cumbres del postromanticismo. Se ofreció esta combinación con la Orquesta WEDO dirigida por Barenboim tres veces: como cuarta función del Abono Barenboim y en días consecutivos para los dos abonos del Mozarteum Argentino. Elegí la última función como homenaje mío a la institución que trajo de vuelta al artista hace varias décadas y nunca ha dejado de tenerlo en sus abonos en las numerosas veces que vino desde entonces.             Décadas atrás escribí un muy detallado artículo para Ars, esas revistas-libro que Isidor Schlagman editó durante fructíferos años sobre determinados grandes creadores, en este caso Strauss; yo me ocupé de los poemas sinfónicos y no me cupo duda de que fue la figura máxima en este género que había inventado Franz Liszt con una profusa y despareja producción aún mal conocida aquí (ello debería repararse) y que otros como Sibelius o el propio Tchaikovsky también ilustraron. Ya desde "Don Juan" (1888, creado a los 24 años) el dominio de Strauss de lo narrativo y de la orquestación fue asombroso, y siguieron maravillas como "Muerte y Transfiguración", "Las alegres travesuras de Till" y "Así habló Zarathustra" antes de "Don Quijote" y "Una vida de héroe". O sea que antes de ser el más importante operista alemán del siglo XX fue el más gran compositor sinfónico de esa nacionalidad en las postrimerías del XIX.              "Don Quijote", la maravilla de Cervantes, fue leída en alemán por Strauss, y el compositor fue influenciado por las sabrosas caricaturas de Daumier.  Pensando no sólo en la narración sino en la estructura, el músico agregó: "Variaciones fantásticas sobre un tema de carácter caballeresco". Y así, la obra consta de Introducción, tema, diez Variaciones y Final. Dura  unos 45 minutos y son una constante revelación analizando una partitura de enorme riqueza y complejidad. Don Quijote (violoncelo solista), Sancho Panza (viola solista, pero también tuba tenor y clarinete bajo combinados) y brevemente Dulcinea (violín solista) se entremezclan con una orquesta poderosa y variadísima. La manera en la que Strauss refleja la pérdida de la razón de su antihéroe en la Introducción es la de una frondosa trama de contradicciones; luego el noble tema del violoncelo nos da la esencia del personaje; y las variaciones son de un ingenio y una audacia inolvidables: basten la evocación del rebaño de ovejas en la segunda variación, que parece el Penderecki vanguardista, o el viaje por los aires en la séptima (con máquina de viento). Aunque también están los minutos de belleza serena en la tercera y sexta. Y luego el retorno a la razón en el Final y los conmovedores acentos del violoncelo antes de la muerte del Quijote. Foto: facebook.com/PorSiempreColoneros             Una pequeña anécdota personal: cuando en 1973 programé el abono de la Filarmónica vino Leonard Rose y le pregunté si aceptaba en vez de un  concierto ser solista en "Don Quijote"; respondió entusiasmado que sí, pero el director no conocía la obra y luego canceló por enfermedad; con poco tiempo fue reemplazado por Tauriello, que no la tenía en repertorio, y terminaron ofreciendo una notable versión del concierto de Dvorák…             Quiso la casualidad que "Don Quijote" fue presentado por el Mozarteum el año pasado por la Filarmónica de Hamburgo dirigida por Kent Nagano y con el admirable Gautier Capuçon como solista. Me las veo en figurillas para decidirme por esa versión o la más reciente y declaro un empate de muy alto nivel, ya que hubo dos grandes directores, muy buenas orquestas y solistas de notable talento. Fue un constante placer con momentos memorables, y de paso quedó claro que Soltani es ya un solista internacional de primer plano con un sonido de gran belleza y una sensibilidad en el fraseo que nos dio el personaje. También, que la violista Miriam Manasherov es de muy alta calidad.  Curiosamente se dio una pieza extra: un arreglo para violoncelo y cuerdas realizado por Lahav Shaní de "El cisne" de Saint-Saëns (de "El Carnaval de los animales").  Otra ocasión para que Soltani (austríaco de familia persa) despliegue su habilidad para el "cantabile".             Pocas sinfonías son tan justamente famosas como la Quinta de Tchaikovsky en su fusión ideal de temperamento hiperromántico y de consumado dominio compositivo; en ella el temperamento melancólico es finalmente vencido por la voluntad positiva, a diferencia de lo que ocurre en una obra todavía superior, la Sexta, "Patética". Se han escuchado versiones de calidad superlativa en nuestra ciudad, como las de Mehta con la Filarmónica de Israel, una orquesta permanente de gran nivel, pero Barenboim logró de la WEDO un  rendimiento extraordinario, apenas opacado por muy circunstanciales errores. Pensando en el director que uno asocia con estructuras gigantescas como las sinfonías de Bruckner o el que logra dilucidar obras de Berg o Boulez, me asombró su afinidad con una personalidad tan hipersensible como la de Tchaikovsky, pero Barenboim demostró que todo lo que hay que hacer es ser fiel a la partitura sin agregar exageraciones a lo que ya de por sí está al rojo vivo. De ese modo la estructura queda resaltada y se comprende porqué Tchaikovsky fue un gran sinfonista.             No está de más comentar que la gestualidad de Barenboim es muy particular: hace muy altos movimientos para dar entradas, en pasajes que tienen una métrica similar apenas marca el compás tras hacerlo al principio del fragmento, y tiene una infalible percepción de cuáles son los momentos que  necesitan de una energía total. En cuanto a la WEDO merece mencionarse la intensidad de los violines en el temible final y el bello sonido de la primera trompa en su famosa melodía del movimiento lento. Y vale felicitarlos por llegar al final de su visita tan espontáneos y entusiastas tras días de arduo trabajo.             La pieza extra en esta ocasión fue la Polonesa del "Eugen Onegin" de Tchaikovsky, en una espléndida versión (habían tocado el día anterior la obertura de "Ruslan y Ludmila" de Glinka). Lástima que cuando el director se dirigió al público deslució su justo homenaje al Mozarteum con una despectiva alusión al Coliseo comparándolo con el Colón, ello después de decir que siempre se iban tristes por tener que dejar al mejor teatro del mundo. Pero  conviene decir que este festival fue realmente bueno, y me intriga mucho el de 2018 sin Argerich cuando todo será Barenboim y su orquesta berlinesa y por primera vez estará en el foso para dirigir una ópera. Pablo Bardin ​​



Tribuna musical

August 9

Festival Barenboim en Buenos Aires: Primera parte

Conocí los valores de Daniel Barenboim ya desde su adolescencia y festejé que tras un amplio período de ausencia (provocado por haber decidido no presentarse cuando lo convocaron para el servicio militar y en consecuencia ser considerado desertor; tras largas gestiones se lo disculpó) volviera convocado por el Mozarteum al frente de la Orquesta de París en 1980. De allí en más volvió como pianista o como director para esa institución en 1989, 1995 (con la Staatskapelle de Berlín, de la que es director vitalicio), 2.000 (con la Sinfónica de Chicago, habiendo sucedido a Solti), 2002 (ciclo completo de las sonatas de Beethoven compartido entre el Mozarteum y el Colón), 2004, 2005 (primera visita de la Orquesta West-Eastern Divan), 2008 (con la Staatskapelle y fuera del Colón, en restauración) y 2010. Todo esto antes de sus Festivales.             Por otro lado, escuché a Martha Argerich a partir de 1965; hasta 1970 la pude apreciar en nueve conciertos en Buenos Aires y uno en Praga, donde luego compartí un souper con ella, Dutoit (entonces su marido) y Antonio Pini, gran amigo con quien luego trabajé en 1973 cuando fue nombrado Director Artístico del Colón (fue echado en Agosto por Jacovella, Krieger y Zubillaga). 1965 fue el primer año de mi revista y le hice una entrevista; tanto en esa como en el souper la encontré espontánea, simpática, bella y ajena a todo divismo. Vinieron luego años en los que no quiso volver debido a la dictadura, pero eventualmente le pasó lo mismo que a Barenboim; los recuerdos de infancia y de juventud hicieron que ella, cuya popularidad mundial era inmensa, quisiera acercarse a sus raíces, e influida por su amigo el pianista Hubert, surgió la idea de hacer en Buenos Aires Festivales Argerich semejantes a los que había armado en otros lados. Martha, personalidad gregaria con una multitud de amigos músicos, y única entre los grandes pianistas, para entonces tocando sólo cámara o con orquesta, presentó su primer Festival en 1999 incluyendo un Concurso Internacional (donde integré el jurado de selección, convocado por su gran amiga María Rosa Oubiña de Castro). Siguieron los Festivales hasta 2005, cuando fue ignominiosamente echada por la Orquesta Filarmónica; naturalmente esto provocó un hiato en su presencia en nuestra ciudad. Pero años después, tras una transición donde actuó en Rosario invitada por músicos amigos, supo García Caffi del acercamiento entre ella y Barenboim y se logró convencerla que retornara, y así los Festivales Barenboim la tuvieron como muy especial gran figura en varios años recientes, con enorme repercusión. foto: Arnaldo Corombaroli             Curiosamente, el amplio programa de mano incluye biografías de ella, de Barenboim y de la WEDO (West-Eastern Divan Orchestra), pero no hace referencia a los festivales Barenboim. La primera condición de un crítico es no cegarse, y debo decir que la gigantesca carrera de este artista excepcional no implica que sus decisiones sean siempre correctas, y hubo a veces altibajos. Como hice notar en el Herald, no quedé contento con el Festival del año pasado, donde sólo tres de los seis conciertos me parecieron a la altura, sobre todo teniendo en cuenta su alto costo. Este año son cuatro los conciertos del festival, y están mucho más equilibrados. Claro está que Barenboim sigue siendo un “workaholic” (obsesionado por el trabajo intenso), y con repeticiones en funciones no de abono sino extraordinarias, más dos para el Mozarteum (que siempre lo contrató paralelamente a los festivales, y que el Colón no se digna mencionarlo en su gacetilla semanal pese a que los conciertos se hacen allí), más la mala idea de un concierto al aire libre en la Plaza Vaticano, gratis (que se hubiera podido frustrar por mal tiempo y al que no fui), Barenboim participó en nueve conciertos en diez días (y Argerich en cinco, en cinco días). No hubo esta vez charlas de reflexión con Felipe González (curioso addendum en un festival musical).  Y mi mujer, enclaustrada en nuestro departamento por un problema de salud, sufrió los problemas del streaming: dos anunciados pero no emitidos, y uno donde toda la primera parte tuvo el sonido desfasado: si tan mal dominan el tema, mejor no hacerlo.             Barenboim ofreció una conferencia de prensa el lunes anterior al sábado en el que empezó el festival, en el Salón Blanco del Colón. Estuve allí y sólo quiero mencionar algunas cosas. Por supuesto, se desarrolló con la inteligencia de un músico pensante y abarcador. Ante todo, algunas noticias importantes: a)      En el Festival del año próximo no vendrán ni Argerich ni la WEDO. En cambio, la Orquesta de la Staatsoper Berlin retornará y será orquesta de foso en “Tristán e Isolda” de Wagner (no sólo para el festival sino también para la temporada lírica), pero además dará conciertos. b)      Para 2019 volverá Argerich para festejar los 70 años de su primer concierto en el Colón. Y para 2020, cuando Barenboim tenga 78 años, hará lo propio con su primer concierto en el Colón. Y unas frases interesantes: Martha parece sólo intuitiva pero no lo es; Nadia Boulanger decía: hay que llenar la estructura con emoción y viceversa; refiriéndose al Festival: yo me ocupo del por supuesto, Diemecke del presupuesto…; ante una pregunta de Varacalli, defiende la gran calidad de las sinfonías de Elgar; para él el mejor beethoveniano fue Arrau; no hay un sentimiento europeo ahora, no hay cultura común ni suficiente educación; siempre se habla de los derechos humanos;¿y las responsabilidades?; la nueva sala redonda de Berlín logra una gran unidad comunitaria.             En este artículo me referiré a los dos primeros conciertos del Festival (los cuatro sería demasiado largo).      PRIMER CONCIERTO             El año próximo se conmemora el centenario del fallecimiento de Debussy, pero como no vendrá Argerich, decidieron hacerle un homenaje anticipado con un programa todo Debussy, con obras originales para dos pianos y piano a cuatro manos pero también con transcripciones de obras orquestales del creador francés y una curiosidad, la que hizo de la obertura “El Holandés errante” de Wagner. El resultado me resultó variable, ya que esta última es un trabajo mediocre de transcripción; un tipo de tarea que Liszt hacía mucho mejor. Y además distó de ser perfecta la ejecución (sí, hasta con los grandes pasa).             Creo que ambos tocaron en pianos Barenboim, de los cuales no estoy del todo convencido, sobre todo en graves (me suenan borrosos) y agudos (demasiado faltos de cuerpo), aunque en las octavas centrales los timbres me resultan mucho más gratos, sobre todo cuando se requiere transparencia. El dato no está en el programa pero no me sonaron a los pianos habituales. foto: Arnaldo Corombaroli             Pero con los refinados y tardíos Seis Epígrafes Antiguos (cuatro manos) volvió la magia de estos intérpretes excepcionales, tocando con una sutileza y un buen gusto que valorizaron cada fragmento al máximo. Y fueron extraordinarios en la obra para dos pianos “En blanco y negro”, también de 1915, la época de los Doce estudios y de un estilo más seco, menos impresionista, impactado por la guerra; esta música a veces áspera y muy virtuosística tuvo una versión ideal.             La breve y raramente ejecutada “Lindaraja” (1901) inició la Segunda Parte; dominada por un motivo exótico, con ostinatos y ritmos hispánicos, fue cabalmente ejecutada. Luego, y aunque la transcripción es fina y elegante, extrañé el sonido de la flauta durante el “Preludio a la siesta de un fauno”, por más que la melodía fuera moldeada admirablemente por Barenboim y Argerich diera el máximo color a los acompañamientos. Y finalmente, el fantástico mundo de “La Mer”, nuevamente en una notable transcripción muy difícil e intrincada,  para dos pianos, pero yo escuchaba en mi mente la miríada de colores de la orquesta.  Los pianistas lograron una notable versión.             Lamenté que haya tres transcripciones, ya que se hubieran podido escuchar de Debussy la muy temprana  Sinfonía para dos pianos en un movimiento, o la Balada para piano a cuatro manos, y también a cuatro manos, la Pequeña Suite. O la Marcha Escocesa para cuatro manos, que luego orquestó.             La inesperada yapa fue el Bailecito de Guastavino, tocado con nostalgia y refinamiento por estos dos veteranos y talentosos argentinos. En todo el programa, ella intuitiva e imaginativa, de impresionante naturalidad y facilidad, él siempre estructurado y claro; pero estos temperamentos diferentes saben amalgamarse, más allá de algún detalle no del todo exacto.                                                 SEGUNDO CONCIERTO             Fue valioso el concierto de la WEDO, pero no por Argerich sino por las dúctiles y sensitivas versiones de dos espléndidas obras de Ravel y por  lograr resolver satisfactoriamente las tremendas vallas de las Tres Piezas de Berg.  No está de más recordar que la WEDO no es una orquesta estable, sino que se reúne anualmente durante el verano europeo para ensayar desde su sede andaluza y luego dar conciertos en distintos lugares. Sigue formada por artistas israelíes y palestinos, más algunos otros de países árabes y cierta cantidad de españoles, y siendo una orquesta que pone el acento en artistas jóvenes, renueva parcialmente sus filas cada año. Muchos de ellos  forman parte de otras orquestas durante el resto del año.  Y bajo la égida firme pero afectuosa de Barenboim logran un espíritu de compañerismo que aleja las diferencias de la política. Son un símbolo de la convivencia y de la paz pero también han logrado una calidad que los lleva al Festival de Salzburgo. foto: Arnaldo Corombaroli             En “Le Tombeau de Couperin” el sentido de la palabra “tombeau” no es “tumba” sino “homenaje”, ya que así se usaba el término en el siglo XVIII. El original de la obra raveliana es para piano y consta de seis fragmentos, pero la orquestación conservó sólo cuatro, de una exquisita factura y poder de evocación. Una orquesta liviana y transparente manejada con mano sutil por Barenboim y con solos de una belleza poco común en manos del oboísta. Y aquí una queja: como en otros años, no hay nómina de la orquesta, de modo que uno aplaude a  anónimos cuando el director los invita a pararse para recibir el aplauso del público. Dan (no oficialmente) un motivo de seguridad (quizá ligado a presuntas represalias contra sus familias si no están de acuerdo ciertos grupos acérrimos con las ideas pacíficas de Barenboim) pero también podría ocurrir que el público esté en riesgo, ya que ir a verlos es un tácito sí a ese ideal. Y bien, el mundo de hoy es peligroso, pero anonimizar a artistas no me parece justo hacia sus carreras. Sobre todo cuando, como ocurrió el año pasado, hubo ese concierto de música árabe que identificaba a todos los que tocaban: ¿seguridad para algunos pero no para otros?             Hace diez años Argerich tocó el Concierto Nº1 de Shostakovich en su último Festival, que se hizo en el Gran Rex, y estuve en desacuerdo con su interpretación; ella no cambió y yo tampoco. Conozco muy bien ese concierto y tengo tres grabaciones: todas respetan los tempi marcados por el autor, pero no Argerich, que convierte al Allegro moderato en un Allegro Molto en dos cruciales puntos de la obra y causa aprietos en la orquesta de cuerdas y en el trompeta solista que la acompaña en ciertos momentos. Es increíble que a sus 76 años pueda tocar con  tan asombrosa soltura y exactitud a esas velocidades vertiginosas, pero cambia el sentido de la obra; además, como es capaz de producir un volumen no menos asombroso, relegó a las cuerdas, que incluso con un director como Barenboim sonaron como un lejano y endeble acompañamiento. Quien merece un aplauso especial es el trompetista Bassam Massud, que tocó admirablemente, afinado y a ritmo; no fue identificado en el programa pero el colega Pablo Gianera obtuvo el dato y lo publicó en La Nación.             Se sabe de la reticencia de Argerich a tocar sola, de modo que Barenboim se unió en la pieza extra (mal llamada aquí bis) para ejecutar a cuatro manos el fragmento final de la obra que iniciaría la Segunda Parte, la Suite de “Ma Mère l´Oye”, “Le jardin féérique” (“El jardín feérico”), interpretado con luminosa claridad por los pianistas.             La Segunda Parte nos regaló la referida Suite en sus cinco fragmentos, detallados con refinamiento e impecable gusto por un director que no en vano fue el titular de la Orquesta de París durante muchos años,  que sabe llegar al fortissimo sin violencia y dar matices instrumentales impresionistas. Y su orquesta, que nada tiene de francesa, lo pareció.             Pero lo importante no sólo de este concierto sino del Festival fue la segunda ejecución en Buenos Aires de una esencial obra de la Segunda Escuela de Viena: las Tres piezas op.6 de Alban Berg, sólo ejecutadas hará unas cuatro décadas (no tengo el dato exacto) en un fabuloso concierto de la Orquesta de Cleveland dirigida por Lorin Maazel para el Mozarteum en el Colón que además incluyó otro estreno local, nada menos que “Three places in New England” de Charles Ives.  Sólo Alejo Pérez dirigiendo a la Orquesta del Teatro Argentino en La Plata se les animó: ni la Sinfónica Nacional ni la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires las tocaron. Dí este dato a Barenboim en la conferencia de prensa con Diemecke presente. foto: Arnaldo Corombaroli              Berg las escribió entre 1913 y 1915, y retocó la orquestación en 1923 y 1930. Si bien sólo conozco la versión definitiva, no me cabe duda de sus tremendas innovaciones y apabullante dificultad. Hay en ellas un evidente homenaje a las Cinco piezas de su maestro Schönberg y a los famosos martillazos del último movimiento de la Sexta de Mahler, pero mucho más es sólo de Berg, en una partitura densísima y fuertemente expresionista. El Präludium nace y muere en el mero ruido pero en sus cinco minutos hay una superposición de timbres y de instrumentos y se necesita coordinar temas, motivos y ritmos. Sigue “Reigen” (“Rondas”, seis minutos), muy variado en sus texturas y que incluye un vals “a la Berg”. Y finaliza con “Marsch”, casi diez minutos, la más ardua marcha que yo conozca, como la describe Boulez “una casi demente intoxicación del gesto dramático” que llega a un climax de extremo poder. Sólo una orquesta de calidad preparada por un experto convencido puede hacerle justicia a una obra de tanta complejidad e impacto emocional que parece escrita ayer, y ello tras muy intensos ensayos. Y eso es lo que supieron plasmar Barenboim y la WEDO. Mientras la escuchaba me surgían imágenes de Edvard Munch o de Egon Schiele, pintores de la angustia existencial. Por supuesto, tras esta música no cabe tocar nada más.  Pablo Bardin

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